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Historia de la República Dominicana: La Cacique Anacaona (Capitulo 6, 10-14)




 

Anacaona fue una cacique taína de Quisqueya, nació en  Jaragua. Se dice que en el idioma taíno su nombre significaba Flor de Oro.

 

Anacaona se situaba entre las figuras más importantes de la sociedad taína;  su hermano era el cacique de Jaragua Bohechío, a quien sucedió tras su muerte, y su esposo fue el cacique de Maguana Caonabo, con quien tuvo a Higüemota.  


En su "Historia de Indias" (1527-1547), fray Bartolomé de Las Casas la describió como "una muy notable mujer, muy prudente, muy graciosa.


El 5 diciembre de 1492, cuando Cristóbal Colón y su tripulación arribaron a la isla que los nativos llamaban Quisqueya ("madre de todas las tierras"), Bohio ("casa para los taínos"), Babeque ("tierras con oro") y Ayti, y que los españoles bautizaron La Española, se piensa que Anacaona tenía 18 años.

 

Anacaona era respetada y querida no sólo por su estatus, sino también por componer poesías y canciones, con las que se destacaba en los areítos, una manifestación cultural y religiosa de los taínos que celebraba con canto, recitación de mitos y baile, eventos importantes como la visita de un cacique o el éxito de la cosecha.

 

Aunque la historia de Anacaona está imbuida de leyenda, se dice que su actitud ante la llegada de los españoles fue inicialmente positiva e incluso tras repetidas amarguras, consciente de la fortaleza de los conquistadores, nunca dejó de abogar por la paz y la convivencia.



 

La reina viuda de Maguana se fue a vivir con su hermano Bohechío en la vecina Jaragua, donde era "acatada y temida" como cacique, según Gonzalo Fernández de Oviedo.

 

Y cuando, poco después, el hermano de Cristóbal Colón, Bartolomé llegó al cacicazgo, a pesar del deterioro de la relación con los conquistadores, Anacaona persuadió a Bochechío a reconocer la soberanía de los Reyes Católicos y comprometerse a pagar un tributo que el adelantado había impuesto ya en otras regiones de la isla.

 

La visita de Bartolomé Colón, según los cronistas, fue un evento alegre, en el que fue agasajado con fiestas y tantos regalos que tuvo que fletar una carabela para poder transportarlos.

 

Él, a su vez, invitó a Anacaona y Bohechío a su barco y, cuando descargaron la artillería en su honor, el ruido los turbó tanto "que de espanto casi se echaron al agua; pero viendo a don Bartolomé reirse, se sosegaron", cuenta el cronista Antonio de Herrera y Tordesillas.

 

Añade que, después del incidente, "miraban la popa, y proa alrededor: entraron en la carabela, bajaron abajo, estaban atónitos", y según De las Casas, el recorrido por la carabela "dejó alegres al rey e a la reina y a todos los señores y gentes suyas muy contentos".

 

Es uno de los pocos hechos que se conocen de la vida de Anacaona, y de los más felices, que son aún más escasos.


Anacaona, cacique de Jaragua y de Maguana

 

Anacaona fue pareja de uno de los caciques más indómitos. Ella sobrevivió al engaño de que fue objeto su compañero cuando mediante subterfugios fue capturado en 1495 por Alonso de Ojeda. Tras su aprehensión, Caonabo fue subido a una embarcación que lo llevaría a la península ibérica, pero los cronistas de Indias reportan que la embarcación naufragó y jamás se supo del valeroso líder indígena.

 

Del cacicazgo de Maguana, donde lideraba Caonabo, Anacaona tuvo que trasladarse a la zona donde guiaba su hermano Bohechío, que comprendía los territorios de lo que es hoy Barahona, Pedernales, corriendo hacia el norte de esa frontera y toda la parte oeste hasta la península haitiana en la que se ubican Jacmel, Miragoane, Les Cayes hasta Jérémie. Todo pertenecía al vasto dominio de Bohechío.

 

Anacaona no huía de nadie, solo buscaba estar al lado de su hermano, pero la muerte de éste en el año 1502 le iba a deparar un rol principal en el liderazgo del cacicazgo de Jaragua.


Por el año 1503 Anacaona ya  reinaba en Jaragua, por el fallecimiento de su hermano Bohechío.

 

Bartolomé de las Casas hace referencia en sus apuntes que Anacaona mostró temple en circunstancias difíciles de su liderazgo, pero otro engaño parecido al que se le hizo a Caonabo, la iba a sorprender y llevarla al patíbulo.




 

El nuevo gobernador de las Indias, el comendador de Lares frey Nicolás de Ovando, (1502-1509), se propuso pacificar la isla, y el lejano cacicazgo de Jaragua estaba en su mira, no sólo porque era donde se habían refugiado los españoles sublevados,sino porque le habían llegado rumores de que Anacaona y otros caciques estaban conspirando en contra de la Corona.

 

Entonces Ovando mandó decir a Anacaona que iba hacia Jaragua para una visita amistosa.

 

Para entonces, la Española estaba desbarajustada. Había habido una rebelión de españoles frustrados y un levantamiento de varios caciques indígenas que luchaban contra los invasores.



El gobernador organizó a sus tropas y para el año 1503 se presentó al cacicazgo de Jaragua con 370 hombres armados, mientras que Anacaona organizaba un gran recibimiento y lo esperaba Pero su idea de "pacificación" era muy distinta a la de Anacaona.



 

Era un domingo de julio de 1503, cuando Anacaona recibió a Ovando en la plaza de Jaragua con gran fiesta de baile y canto, como era su costumbre. "Hizo  areítos  ante Ovando…; e andaban en la danza más de 300 doncellas, todas criadas suyas, mujeres por casar…", cuenta Fernández de Oviedo.

 

Tras varias demostraciones de celebración taínas, los agasajados invitaron a los indígenas a reunirse en un bohío pues querían corresponder a los honores ofreciéndoles un espectáculo propio.

 

Desarmados y entusiasmados, los caciques y acompañantes se congregaron en la casa de madera y paja y mientras presenciaban un torneo, Ovando dio una señal preestablecida y sus hombres los apresaron, amarraron y quemados vivos. Otros atacaron a los indígenas que estaban afuera. 


De las Casas escribe que los españoles les cortaron las piernas de los niños mientras corrían, y que incluso cuando algún español intentaba salvar a un niño subiéndolo a su caballo, otro venía y "atravesaba al niño con un lanza".


Diego Méndez de Segura, residente en Jaragua y mencionado en fuentes posteriores, consigna en su testamento que 84 caciques murieron quemados o ahorcados, mientras que Bartolomé de las Casas fija en 80 el número de los que entraron con Anacaona en la casa que luego fue incendiada.

 

Este episodio es conocido como la masacre de Jaraguá, marca el ocaso taíno. Anacaona muere pero nace su leyenda, la de la mujer bella y culta que creyó en la paz y la convivencia.




 

En el momento del ataque algunos indígenas lograron sacar a Anacaona del lugar. 


Entre los sobrevivientes que escaparon estaban su hija Higüemota; su sobrino Guarocuya, quien fue entregado a Fray Bartolomé de las Casas, quien lo cristianizó con el nombre de Enriquillo; Mencía, nieta de Anacaona y el líder tribal Hatuey, quien posteriormente escapó a Cuba y allí organizó la resistencia, pero fue capturado en batalla y muerto por orden de Diego Velázquez de Cuéllar.

  



Ovando ordenó una intensa búsqueda hasta lograr capturar a Anacaona, donde fue torturada, vejada, colgada a la horca en 1503 o 1504 y su cuerpo expuesto a los indígenas.


Anacaona es la primera mujer en ser ejecutada por su condición de mujer y jefa de uno de los cacicazgos más importantes, es un símbolo caribeño y universal de resistencia y liderazgo femenino.

  

Durante varios meses después de la masacre, Nicolás de Ovando continuó una encarnizada campaña de persecución contra los indígenas, hasta que quedaron tan pocos que casi los exterminó en la isla, según Samuel M. Wilson en su libro Hispaniola.

 

La captura de Caonabo, la muerte de Bohechío y la caída de Anacaona, no apagaron el espíritu guerrero de los pobladores de la isla, pues el fuego libertario fue azuzado luego por Cayacoa, Cotubanamá y Enriquilo, bravíos caciques que continuaron con el espíritu de los pobladores originarios de la isla.


El director del Museo de Anacaona dice que "fue la reina taína más amada de todo el pueblo. Hasta su último día de vida no bajó la cabeza y donó su vida por ellos".

 

Por su parte, Navarro simplemente la describe como "la máxima líder de toda la población, no solamente en esta isla (Española), sino que abarcaba Puerto Rico, Cuba y parte de Jamaica".

 

Su historia es recordada en canciones como "Anacaona", del cantante puertorriqueño Cheo Feliciano. Y en los poemas del mismo nombre escritos por la poetisa dominicana Salomé Ureña.

 


 

Plaza Anacaona en San Juan de la Maguana

 

Construida en 1992, rodeando a la estatua de Anacaona -sentada en su trono- varios murales en altorrelieve ilustran escenas cotidianas de los taínos




Museo Taíno de la zona Este
 

En el corazón de Bayahíbe se  encuentra  el primer y único Museo Taíno de la zona Este, un homenaje a la última “Reina del Caribe” y por eso bautizado con el nombre de Museo Anacaona. 


Este proyecto nace con el propósito de difundir la cultura y las raíces de los dominicanos, al tiempo de incitar a los estudiantes y los turistas a conocer algo más sobre este hermoso país.





Para la próxima semana publicaré la historia de Manicatex indígena  español


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