Historia de la República Dominicana: el Cacique Caonabo (Capitulo 6, 6-9)
Caonabo
Caonabó
(también escrito Caonabo): "Señor de la Casa de Oro". Algunos
historiadores lo consideran "El Primer Libertador Americano".
Caribe de
origen, jefe del cacicazgo de Maguana en la isla Quisqueya ("La
Española"), opuso tenaz resistencia a los europeos que traía Colón.
Su origen
caribe, tribu que se caracterizaba por su ferocidad en los combates, hacía que
fuera temido por los otros caciques de la isla.
Su esposa
era Anacaona, hermana de Behechio cacique de Jaraguá.
La sede de
su cacicazgo estaba en el lugar denominado Corral de los Indios, en Juan de
Herrera, de San Juan de la Maguana. Abarcaba, aproximadamente las provincias de
Elías Piña, San Juan, Azua, San José de Ocoa, Peravia (Bani), y San
Cristóbal, además, las zonas montañosas de las provincias de Santiago, La Vega
y Monseñor Nouel, en la República Dominicana.
En
diciembre de 1492 cerca de donde hoy está la ciudad de Cabo Haitiano, sin
oposición de los nativos, Colón procedió a la construcción de un fuerte,
empleando maderas de la Santa María, que había encallado en la costa: el
"Fuerte de la Navidad". Como guarnición de la fortaleza designó Colón
a 39 hombres a cargo del escribano real Diego de Arana.
Tan pronto el Almirante izó las velas, se entregaron a todos los excesos. Merodearon por los alrededores del fuerte, apoderándose de las cosas de los indios, y hasta maltrataron a sus mujeres.
Caonabó
tomó el "Fuerte de la Navidad" por asalto y dio muerte a todos sus
ocupantes, sin que pudiera evitarlo Guacanagarí (cacique de Marién), que
mantenía relaciones amistosas con los españoles.
En
noviembre de 1493, Colón de regreso, encuentra un mensaje de Caonabó: restos de
dos cadáveres, uno con una soga al cuello y otro amarrado a un tronco.
Sorprendido
por el mensaje que le llevaban esos restos de cadáveres, Colón hizo registrar
el lugar. Al día siguiente sus hombres dieron con otros dos. Colón interrogó a
los nativos y escuchó por primera vez un nombre que iba a preocuparlo por algún
tiempo: Caonabó.
En 1494,
Colón decide fundar la primera ciudad española del Nuevo Mundo, hacia el este
de donde había estado el Fuerte de la Navidad, en la desembocadura del río hoy
llamado Bajabonico.
Allí fue
establecida la "Isabela", en homenaje a la reina española.
Esta biografía fue tomada de "El Primer Libertador Americano" trabajo de Juan Bosch historiador y político dominicano (1909-2001).
Batalla de la Vega Real. 27 de marzo de 1495.
Levantamiento
de los cacicazgos de Maguana, Magua, Higüey y Jaragua sofocado por las fuerzas
españolas dirigidas por Cristóbal y Bartolomé Colon, con ayuda de los guerreros
de Guancanagarí del cacicazgo de Marién, en la Vega Real (muy cerca de la
actual ciudad de Santiago de los Caballeros). Los europeos utilizaron caballos
y perros que aterrorizaron a los indígenas. Tras la batalla, todos los caciques
de La Española se sometieron al poder español.
Desde la Isabela, se despacharon columnas hacia el interior, y carabelas para recorrer las costas. Sobre las columnas se cernía la sombra de Caonabó. Todos esperaban el ataque del implacable señor indio.
Impresionado también, como cualquiera de los suyos, Colón pensaba en Caonabó y pensaba cómo inutilizarlo.
Después de
la Batalla de la Vega Real y tras haber fundado algunos fuertes para guarnecer
la ruta, Colón se retiró a la Isabela sin haber logrado su propósito principal,
el apresamiento de Caonabó.
Como un
fantasma, Caonabó, cuyo espíritu parecía animar todas las rebeliones, seguía
siendo un ser terrible y desconocido, casi una imponente leyenda,
inencontrable, inaprensible, con su amenazador prestigio creciendo cada vez
más.
Cuando levantaron el Fuerte de Santo Tomás, Alonso de Ojeda fue nombrado Comandante del mismo.
Caonabó enteróse de que los soldados blancos habían dejado en la
fortaleza una guarnición muy menguada y decidió intentar repetir lo del Fuerte
de Navidad…Una noche, al frente de varios miles de guerreros, Caonabó avanzó
forzadamente hacia el fortín.
Pensaba
tomarlo por sorpresa, a su estilo, pero los escasos 50 hombres de Ojeda
obedecieron a una rígida disciplina militar, y el primer ataque indio quedó
frenado por los fuegos de algunos arcabuces y un falconete. El ruido y las
llamas hacían más daño que los propios proyectiles.
Los muertos
no fueron muchos, pero los indios huyeron despavoridos y en masa. Caonabó,
viendo esto, determinó sitiar la fortaleza, y este asedio duró todo un mes,
durante el cual los españoles realizaron diversas salidas en busca de
alimentos, aunque para ello tenían que luchar para salvaguardar sus propias
vidas.
Los
combates, eran casi continuos hasta que Caonabó regresó a Maguana.
Colón,
sabía que mientras viviera Caonabó su dominio de la isla sería insuficiente,
porque los españoles no dejarían de temerle y los indios no se sentirían
desamparados en tanto supieran que él podía aparecer un día para acabar con los
invasores, como lo hizo la primera vez. Estudiando a sus capitanes decidió
poner su apresamiento en manos de Ojeda.
Recién
llegado a la Española, Ojeda comprendió que los indígenas tenían un lado flaco:
su falta de doblez. Eran hombres tan respetuosos de sus promesas y tan rectos
al proceder, que se presentaban como enemigos al que consideraban su enemigo y
que no podían admitir que quien se introducía como amigo fuera otra cosa.
Alonso de
Ojeda fue capaz de estafar la buena fe de Caonabó: Con una sonrisa en la boca
lo invitó a subir a su caballo. Caonabó subió, pero cuando hubo montado, le
colocó unas esposas diciéndole que era una ofrenda de los reyes de Castilla. El
cacique pronto comprobó que se había transformado en un prisionero de guerra.
Durante el
regreso a La Isabela, los españoles, conduciendo al cacique del Caribe,
tuvieron que esquivar a las tribus de los poblados por los que
pasaban y, cuando se terciaba, cruzaban al galope, lanza en ristre, blandiendo
la espada. En las enormes selvas, tenían que abrirse camino por entre las zonas
pantanosas, evitando las traicioneras arenas movedizas, y evitando las
espantosas hordas de mosquitos casi invisibles que se cebaban contra la
milicia.
Finalmente,
sucios, sudorosos, y hasta algunos febriles, arribaron los hijos de Iberia a
las calles de la primera ciudad hispánica de la América. Cristóbal Colón, poco
dado a alabar los éxitos de sus subordinados, lanzó exclamaciones de asombro
sin ningún disimulo cuando se enteró de las proezas de Alonso de Ojeda. Se
regocijaba de tener tan de cerca de un caudillo tan astuto y feroz.
Caonabó
preso contempló desdeñosamente al Almirante y, a sus preguntas, respondió con
un altivo silencio, y a sus amenazas con sonrisas de desdén. Mantuvo su tipo
fiero hasta las últimas consecuencias.
Luego, se
jactó de haber degollado a los defensores del Fuerte Navidad, declarando
aquello de: "a no ser por el astuto jefe blanco, yo habría exterminado a
todos los blancos de La Isabela ".
La
indignación del cacique por la celada de que había sido víctima fue
indescriptible.Le encerraron y pasaron por su celda todos los españoles,
deseosos de contemplar a aquel cuyo solo nombre les infundía espanto.
Entonces
pudieron apreciar el temple de Caonabó. Orgulloso y sensible como un rey
cautivo, jamás se dignaba volver los ojos a los curiosos ni respondía a
preguntas. Ni una queja salía de su boca.
Interrogado
por que hacía eso, siendo así que a quien debía respeto era a Colón, jefe de
Ojeda, respondió:
“Sólo debo
ponerme en pie ante el español que tuvo la audacia de hacer preso a Caonabó.
Los demás son unos cobardes."
Pasaba las
horas mirando a través de las rejas de una ventana, contemplando el lejano
horizonte con una expresión de gran señor preocupado, sin mostrar jamás una
debilidad.
Sus
guardianes tuvieron siempre la impresión de que aquel prisionero tenía un alma
más grande que las suyas. En todo momento exigió el trato que su posición
requería y siempre se sintió, en la prisión, un rey absoluto. Al fin, acabó
imponiéndose.
Un día
dijo que deseaba tener servidores indios, y se los dieron.
Al cabo de largos meses, Caonabó pidió hablar con el Almirante. Explicó a éste que a causa de su prisión, caciques enemigos estaban atacando sus territorios y que lo menos que podían hacer los españoles era defender los hombres y las tierras de un rey que no podía hacerlo por sí mismo a causa de que ellos lo retenían en cautiverio.
Con su
acostumbrado señorío, mandaba a Colón como si fuera su subordinado. El
Almirante respondió que era razonable la petición del cacique, y éste le pidió
entonces que fuera él mismo al frente de las tropas españolas que habían de
atacar a sus enemigos. Según explico, la presencia de Colón haría más fácil la
empresa.
Prometió
el Almirante que así se haría y ordenó investigaciones para saber quién atacaba
los dominios de Caonabó. Por esas investigaciones se supo que había de verdad
en el fondo de la petición de Caonabó: mediante sus servidores indígenas, el
gran guerrero había urdido un plan de vastas proporciones, capaz de dar la
medida de lo que era su autor.
Según ese
plan, Caonabó debía obtener de Colón que éste saliera hacia el interior, al
frente de un ejército español suficientemente fuerte para que formaran en el
los más numerosos y mejores de los hombres apostados en la Isabela; de esa
manera, la plaza quedaría casi desguarnecida, situación ideal para que su
hermano Maniocatex atacara al frente de millares de indios, y libertara a
Caonabó, quien inmediatamente se pondría al frente de la indiada para iniciar
una guerra de exterminio sobre los conquistadores.
Descubierta
la conspiración, Colón se mostró indignado. Nada logró sacar de Caonabó. Ordenó
entonces que se le iniciara proceso por los hechos del Fuerte de la Navidad.
Aunque
hasta ahora no ha aparecido copia alguna de ese proceso, se sabe que Caonabó no
negó los cargos y que justificó su conducta con las tropelías que cometieron
los españoles mandados por Diego de Arana.
En todo
momento seguía siendo de tan notable altivez, que impresionaba favorablemente a
sus enemigos. Temeroso de que su muerte provocara una sublevación de grandes
proporciones y, sobre todo, movido a respeto por el temple de aquel ser
extraordinario, el Almirante no se atrevió a darle muerte.
El Cacique Caonabo el 10 de marzo de 1496, fue embarcado hacia España
Tal vez
Colón creyera que podía sacar más provecho de Caonabó vivo que muerto.
Enviándolo a España a fin de que los Reyes Católicos vieran por sus ojos que
clase de enemigos eran los que su Almirante tenía que enfrentar en La Española.
Pero
cuando las naves llegaron a España hacía semanas que Caonabó, no iba en la
suya. Había quedado sepultado en las aguas del océano, donde tuvieron que
lanzarlo después de su muerte. Se había suicidado lentamente, de hambre, sin
haber mostrado flaqueza ni una sola vez.
Cuando
supo el fin de Caonabó, Colón dispuso que todos los indios de La Española
debían pagar un tributo anual, en oro, a los Reyes de España. Mientras él
vivió, el Almirante no se hubiera atrevido a imponer esa ley arbitraria. Aun
preso, Caonabó bastaba a evitar males a su raza.
Caonabó
Estatua en
Museo
Esta
estatua de Caonabó encadenado guarda la entrada de las exhibiciones del tercer
piso del Museo del Hombre Dominicano.
Fuentes:
Pueblos Originarios de América
http://www.guije.com
Para la próxima
semana publicare la historia de Bohechio










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